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22/03/2016

El inicio del curso escolar 2016 (II): La educación llega donde no llega nadie

Visitamos la Escuela Caacupemí, en el Bañado Norte


Muchas de las escuelas instaladas en los Bañados arrancan el nuevo curso escolar durante la última semana de febrero. Por este motivo, Tapere quiso acercarse a diferentes centros de educación repartidos en estas zonas para conocer la variedad de colores en que se pinta el inicio de las clases. El segundo colegio que visitamos fue el de Caacupemí (de Fe y Alegría), en el Bañado Norte, que actualmente está ubicado en las instalaciones de Santa Cruz –también de Fe y Alegría–, pues el edificio de Caacupemí sigue bajo agua. Allí tuvimos una entrevista con Selva Miranda, la directora del centro.

¿Qué es lo que les llevó a instalaros en Santa Cruz?

El 2014, en la primera gran crecida del país, a Caacupemí le tocó enfrentarse a demasiados obstáculos. Hubiésemos podido cerrar la escuela, pero los maestros tuvieron la capacidad de decir “no, igual donde estemos vamos a asegurar la educación” y nos mudamos aquí. Incluso fuimos más atrevidos porque durante el 2014 la escuela estuvo abierta todo el tiempo con actividades y talleres inclusive vacaciones, fines de semana, feriados. Fue un reto pues en la cancha, había también veinte familias viviendo; en total éramos unas mil personas.


¿Qué pasó durante el 2015?

Primero, las familias de los estudiantes del centro, que mayoritariamente vivían en el barrio de Caacupemí, se reubicaron. A finales de año, el río creció mucho y mucha gente tuvo que salir a un refugio que está a 15 cuadras de aquí. Como los niños tienen que hacer un largo camino, algunas familias están buscando escuelas más cercanas y Caacupemí está bajando la cobertura.

¿Cuántos alumnos tiene Caaccupemí actualmente?

Hoy hay 78 familias, frente a las 102 que había antes*. Tenemos desde preescolar a noveno, divididos en mañana y tarde, de turno único. Hay menos niños pero hay mucho trabajo porque intentamos hacer un seguimiento de los que se fueron: queremos asegurarnos de que todos siguen siendo escolarizados. El refugio no es el lugar donde tienen que estar. Hay problemas de salud (dengue), están encimadísimos y hay todo tipo de influencias. Para mí se tendría que haber constituido un equipo que pudiera abordar seguridad, salud y educación, con atención a niños y jóvenes. Esto para mi es trabajo del estado, pero está ausente. Ahora que empezó el curso, nos toca a nosotros inculcar estos hábitos saludables que les ayuden en su día a día.

Entonces consideras que la escuela tiene que jugar un papel importante en este proceso. ¿Qué imagen tiene la Escuela Caacupemí en el barrio?

La ventaja es que los vecinos ven mucho como referente las escuelas. En el 2001, cuando empezamos, la escuela no tenía agua potable y dividíamos los grupos: uno iba para el Río Paraguay para traer agua para lavar las cosas y otro venía para acá en esta escuela para llenar bidones de agua para tomar. Eran crisis abismales donde preguntabas: “vos tomaste agua, bueno entonces vas a tenerte que esperar”. Y estábamos solo a 3 km de la capital… El día que la esposa de Nicanor Duarte Frutos pisó la escuela, llegó agua en la escuela. A partir de ese momento nos movilizamos y empezamos a trabajar en lo comunitario, creando vínculos con SERPAJ, Cobañados, CODECO, comisiones vecinales, voluntarios y la iglesia.

Además de crear vínculos con asociaciones comunitarias, ¿Caacupemí trabaja también con las otras escuelas de Fe y Alegría del Bañado?

Sí, con Santa Cruz tenemos una relación muy cercana. No solo porque los dos centros nacieron juntos, sino porque actualmente estamos compartiendo edificio y hay mucha coordinación con su director, con quien nos complementamos: uno es más fuerte en lo pedagógico, el otro, en lo humano. Con el tercer colegio, Padre José María Velas, tenemos mucha comunicación. También con La Salle, que es parte del MEC. Para nosotros es bueno estar juntos porque tenemos el mismo objetivo: queremos fortalecer la educación en los Bañados, el sector tal vez más empobrecido del país pero en donde apuntamos que sí existe el potencial humano para poder hacer un buen desarrollo. Aunque la gente tilde la zona de influencia de drogas y violencia, todo depende de la medida en que uno lo mire: así como se puede medir la agresión, también se puede medir el interés y apertura al desarrollo. Además, este ambiente no es exclusivo de los Bañados: los más grandes narcotraficantes están vestidos de corbata… Los Bañados son el último eslabón donde se desarrolla este comercio, pero también porque no tienen otra opción: hace dos años nuestros estudiantes no eran recibidos en otros centros cuando en la libreta veían que habían sido escolarizados acá. Ahora sí, quizás sea porque Caacupemí fue un boom a causa de un vídeo donde se veía que íbamos en canoa a traerle las fichas de trabajo a un niño. Allí se transmitía que la educación llega hasta donde no llega nadie, ni siquiera el estado.

Prejuicios…

Sí, hay alumnos que salieron de acá y que están hasta en la facultad. Entonces quien quiera hablar de los Bañados debe de pensar desde qué tinte lo hace: si queremos hablar desde lo negativo, vamos a encontrar mucho; pero si queremos hablar desde lo positivo, aun vamos a encontrar más. No hay que olvidar que las escuelas de Fe y Alegría se instalan porque la comunidad quiere, porque está comprometida. Aquí, por ejemplo, tenemos dos familias que llegan al colegio en canoa cruzando el Río Paraguay y otras que, aun habiendo sido reubicadas en sitios lejanos, continúan viniendo. Quieren estar aquí, quieren terminar aquí.

¿Entonces el reto es fortalecer la identidad bañadense?

Desde adentro, lo que pretendemos no es la igualdad, sino la equidad. No todos los niños son iguales y a menudo hay que adaptar las tareas a cada alumno de modo que todos tengan su participación: no se puede homogeneizar al grupo. 
Para afuera, lo que se necesita es que se les mire como personas, como ciudadanos, porque hablar de Asunción y los Bañados son dos cosas diferentes y eso no tendría que ser porque es el mismo territorio. Darnos a conocer a personas de posición alta, es una buena forma de despertar consciencia: por ejemplo, hay escuelas como el Técnico Javier que han visitado Caacupemí. Esto les ayuda a identificar una realidad que no conocían y a reconocer al otro. Después, algunos vuelven para hacer proyectos, acompañar… Es un intercambio muy positivo porque el niño está esperando poder jugar y el voluntario, que tiene todo material, se siente complementado cuando le abraza al niño.

“Que se les mire como personas”… Hablas de identidad y de respeto. ¿Cómo se trabaja esto en el marco de la escuela?


¿Cómo se consigue este equilibrio entre lo académico y lo humano?

Seguimos el currículo del MEC pero con adaptaciones. Reconocemos que a nivel académico nos falta mucho. Fe y Alegría elabora un informe a raíz de un examen que se aplica a los términos de ciclo. Normalmente se revela que en lectoescritura y matemáticas hay una dificultad y de esto el maestro elabora un plan de mejora. En el caso de las lenguas, lo que hacemos es respetar la lengua guaraní de los niños durante los primeros ciclos y luego se va introduciendo el castellano. En matemáticas, aprenden rápido porque muchos utilizan la moneda muy tempranamente.

En esta escuela que no se basa en los contenidos, pues, el profesor deja de encarnar su papel tradicional de enciclopedia…

Sí, el trabajo del maestro va mucho más allá, queremos hacer conexión de redes para fortalecer un compromiso con los alumnos. La mayor parte de los profesores que trabajan aquí han empezado aquí y se van moldeando de acuerdo con nuestra política de centro. No digo que sea fácil, hay frustración. Precisamente por esto es importante acompañarles y cuidarlos a ellos también en su proceso. Por ejemplo, el año pasado hicimos una formación de relajación y respiración para ayudarles; este año se quiere implementar a algunos padres de estudiantes.
A nivel de tareas, una vez al mes recorremos los refugios, vamos a las casas, nos sentamos con los padres y les escuchamos. Monitoreamos el ambiente que rodea el niño para entenderle y ayudarle. Ningún maestro es del barrio, pero hay muchos que participan en reuniones sociales como las que tienen que ver con el derecho a la tierra, la lucha actualmente fuerte en el Bañado. Esto hace también que se ganen el reconocimiento y respeto de la gente de la zona. El sueldo de los profesores es miserable frente lo que hace, pero el pago está también en mirar que el niño que sale de este centro educativo regresa porque quiere seguir ayudando o te mensajea diciendo que te extraña.

Así pues, no se habla solo de alumnos individualmente sino de familia y de barrio.

Sí, tenemos una concepción de la escuela a través de la familia. Si un hermano viene a la mañana y los otros de tarde, se hace una adecuación de currículo para que vengan todos en el mismo horario, para facilitarles que puedan llegar.

Mencionaste el derecho a la tierra, tema directamente conectado con la actual dicotomía entre la Franja y la Defensa Costera…

La construcción de la Franja Costera implica pisar, desplazar, sacarle el arraigo a muchas personas: no es una buena solución; es solución para quien vive fuera de Asunción y tiene que entrar al centro, para ir a trabajar. Sacar a la gente del Bañado es sacarles de su vida por completo, sabiendo que acá tienen su fuente de trabajo, su educación, su espacio y sus derechos. ¿Cómo vamos a pensar que porque algunos cuantos tengamos que llegar temprano a otros cuantos les quitamos la vida?

¿Se trabaja el tema de la Defensa Costera con los alumnos?

Sí, especialmente con los del segundo ciclo, incluso con proyectos trimestrales con los docentes, analizando el contexto que viven. Con los más pequeños se trabaja el tema de la ubicación, que sepan donde están. En especial lo que buscamos en Caacupemí es llegar a lo social y comunitario, instalar la identidad del Bañado. Queremos dejar un semillero creando un Consejo de Exalumnos que pueda entrar en el plano de la lucha social y puedan seguir con la reivindicación por sus derechos, aun después de dejar la escuela.

Volviendo al inicio de esta entrevista, a la situación de inundación que se vive actualmente, ¿cómo se plasma esta en el día a día de los alumnos en la escuela?


Y, por último, Selva, miramos hacia adelante: ¿cómo visualizas el futuro de Caacupemí?

Gran parte de su vida, la escuela de Caacupemí estuvo fuera del territorio y aun no se sabe si volveremos. Dentro de la incertidumbre de no saber si volver o no, siempre hay que tener una mirada de asegurar la educación, la educación de la persona. Se nos ofreció instalarnos en aulas móviles en Mburicaó pero decidimos no hacerlo por dos motivos: para evitar que los niños vivieran también en la escuela otra situación de refugio y de temporalidad y para no desvincularlos completamente de su territorio. Nuestro reto en este año que empieza es hacer un cese para proyectarnos y definir si nos quedamos en Santa Cruz o no, para plantearnos la estabilidad.

Pero antes, el Gobierno tiene que cumplir: en Caacupemí hay un edificio, materiales, hay un previo. El estado tendría que indemnizar parte de ello; no por el dinero sino porque ya se hizo una mejora en ese lugar. La otra, es luchar para la Defensa Costera, que es lo que permitiría a la escuela seguir en su lugar.


Después de hablar largo y tendido con Selva, compartimos con los niños que comen en la cantina. Les gusta que les saquen fotos. Cuando les preguntamos qué es lo que más les gusta del colegio dicen que la cancha. Recuerdan el patio de Caacupemí. Extrañan el lugar. Luego, entramos en algunas clases del turno de tarde: algunos trabajan el abecedario mientras otros exploran los libros sin saber leer aun. Cada grado a su ritmo. Nos vamos de la escuela impregnados de la pasión de Selva y con el convencimiento de que la transformación social pasa por el crecimiento individual de la persona y por la reivindicación de sus derechos e identidad.


*A fecha de 14/3/2016 son 100 las familias inscritas.


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